El control y tratamiento de las epidemias en un país a la deriva
V. Figueroa
Los pueblos tienden hacia el progreso, el trabajo cotidiano de todas las personas que generan la riqueza social está encaminado siempre al mejoramiento de las condiciones en que desarrollan sus actividades productivas y su vida social; los aportes de la ciencia y la tecnología en sus diferentes grados de desarrollo son puestos al servicio de una causa común: brindar grandes ganancias a los dueños de los medios de producción y no, como se nos ha hecho creer, facilitar los elementos materiales y espirituales que permitan al hombre acceder a la prosperidad y felicidad.
Pero no todas las personas pueden acceder a la prosperidad y a la felicidad a pesar de que la aplicación de la ciencia y la tecnología en el proceso productivo generan bastante riqueza, lo suficiente para garantizar a cada habitante del país los satisfactores más elementales, que les permitan vivir sin preocupaciones mayores.
El pueblo tiene derecho a ser feliz. Aunque esta parece ser una afirmación trivial y simple, para muchos trabajadores, es una frase que no tiene ningún significado real, concreto; tienen la plena seguridad, pues su experiencia cotidiana así se los indica, que nacimos para sufrir; padecer bajo la mirada del capataz que vigila los intereses del patrón; soportar la más agobiante jornada laboral que tiene que prolongarse por más horas que las legalmente reconocidas; resignarse ante la incesante preocupación por las necesidades de la educación de los hijos, del gasto familiar para la alimentación, del pago de los servicios como la energía eléctrica y el agua potable; agonizar lentamente por la asfixiante situación económica que nos obliga a buscar otros trabajos complementarios reduciendo nuestro tiempo de descanso y de convivencia familiar; en fin, todo parece indicar que hemos nacido para ser infelices.
En una sociedad capitalista como la nuestra, en este reino de los grandes empresarios, la producción, el esfuerzo de millones de trabajadores, no está orientado a la plena satisfacción de las crecientes necesidades materiales y culturales de la sociedad; muy al contrario, la finalidad que busca siempre el gran propietario, es la extracción de la máxima ganancia, de la llamada plusvalía; además, el destino de los trabajadores y sus familias no está asegurado pues el empleo no es un derecho garantizado para todos.

La información de los organismos oficiales, señalan que de todos los mexicanos que cuentan con alguna actividad laboral, 32.6 millones se dedican a actividades en el sector informal, es decir, el 54.4 por ciento, o sea, un poco más de la mitad de la población ocupada no tiene un empleo seguro y con una inflación que continúa creciendo, tampoco hay certeza de que las familias de esos trabajadores podrán adquirir lo suficiente para alimentarse, estudiar y cuidar de su salud, pues la inflación se incrementa hasta el 4. 98 por ciento, llegando, durante este gobierno que dijo ser la esperanza de México al 31.56 por ciento, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).
Como una consecuencia inmediata de la situación política y económica que predomina en el país, en los últimos años se ha fortalecido un fenómeno directamente relacionado con la incertidumbre ciudadana por la falta de empleo y la carestía de la vida; se trata de la inseguridad epidemiológica
La constante preocupación, la angustia frecuente, ese estado de permanente tensión no puede, de ninguna manera, considerarse como parte del estado placentero de la población, como parte constitutiva del bienestar personal, de la llamada felicidad. Ese estado de ansiedad generada por la incertidumbre en el futuro personal o familiar es lo que se vive cada día en los hogares de los trabajadores, decuplicándose en aquellos en que la jefa o el jefe de familia, no encuentran algún trabajo seguro.
¿Se puede ser feliz en un estado de permanente incertidumbre? Claro que no, y mucho menos cuando, con el paso de los días esa inseguridad se incrementa por las deficiencias de los funcionarios de salud gubernamentales para contener los brotes de padecimientos contagiosos como el Covid – 19 y que ahora parece que volverá a repetirse con el Dengue que amenaza a la población de los estados de Guerrero, Tabasco, Veracruz, Michoacán y Chiapas, los cuales concentran el 55 por ciento de los 20 mil 249 casos confirmados.
La demagogia gubernamental tiene en esta situación un descalabro más, pues en Dinamarca, cuyo modelo de salud fue prometido para implementarse en México en este sexenio, difícilmente se permitiría que una situación de esta naturaleza rebase la capacidad de respuesta del gobierno; sin embargo, en un país desmantelado como el nuestro, saqueado por una cúpula que ha usado los recursos públicos para generar una dependencia económica y garantizar una clientela política, que ha entregado una cantidad considerable de estos recursos a los grandes empresarios y que no ha querido implementar una política seria y eficaz para abatir la pobreza social, puede suceder que se repita un periodo aciago como el de 2019 – 2022, en que 424 mil 509 personas murieron como consecuencia del mal manejo de la crisis de coronavirus.
Con un incremento de 717 % en casos registrados con respecto al año pasado y un 474 % más en casos severos en comparación con el año anterior, el dengue se ha convertido en un peligro latente para la salud y bienestar de los mexicanos sobre todo si se considera que casi 50. 4 millones de ellos no tiene acceso a los servicios de salud y que, en caso de contagio, tendrán que valerse de sus propios medios y recursos.
Un pueblo desprotegido y abandonado a su suerte, expuesto a la inseguridad provocada por el elevado nivel de criminalidad y su rampante expansión por el país y ahora, con la creciente incertidumbre por una amenaza más a su vida, no puede ser un pueblo feliz. Es necesario hacer a un lado la indiferencia y, además de exigir que los recursos del pueblo se apliquen para proteger su integridad, sin simulaciones ni demagogia, nos organicemos para formar una fuerza ciudadana capaz de crear un gobierno popular que defienda y proteja a toda la población de cualquier amenaza cualquiera que sea su naturaleza.

