El pueblo debe reconocer su capacidad y fortaleza

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Francisco V. Figueroa

En las sociedades divididas en clases sociales, la palabra Pueblo no hace referencia al conjunto de individuos que viven dentro de fronteras delimitadas de alguna u otra manera. Esta palabra designa a aquella parte de la población que en una u otra etapa de la historia se halla interesada en el desarrollo progresivo de la sociedad y desempeña papel decisivo en la instauración de un régimen social nuevo.

En una sociedad dividida así, como es el caso de la nuestra, la existencia de clases sociales implica, la diferencia en la riqueza que concentran cada una de las dos partes en la que se encuentra fraccionada, la existencia de la propiedad privada de los medios de producción y la explotación de los trabajadores, que se atribuye como derecho exclusivo una de ellas; por tanto, se reconoce que existen sectores que son dominantes y otros dominados con ciertos intereses que se caracterizan por ser contrapuestos.

En el materialismo dialéctico, la palabra Pueblo se refiere a aquellos sectores que tienen intereses contrapuestos a los de los grupos dominantes, siempre tomando en cuenta, el momento histórico o la coyuntura política por la que atraviesa un país. Este concepto engloba a diferentes grupos sociales y sectores de clase que, aunque no ocupan la misma posición en la sociedad, tienen un enemigo principal, común, y eso depende de la situación histórica concreta.

En nuestro caso concreto, si la burguesía es la clase dominante y la garantía de la satisfacción de sus intereses su objetivo principal, el pueblo lo conformamos todos aquellos que no tenemos más que nuestra fuerza de trabajo y también, los pequeños propietarios, los campesinos y los dueños de algunos pequeños talleres y empresas comerciales. Podemos identificar que, estamos integrados en este concepto las masas trabajadoras creadoras de los bienes materiales, de la riqueza social, aunque entre nosotros, tengamos algunas diferencias en posesiones, por ejemplo, que algunos sean dueños de algunas parcelas, herramientas y pequeños negocios y otros, nada. Lo que nos permite que estemos dentro de este grupo, es que tenemos un enemigo principal en este momento histórico.

A través del desarrollo histórico de las sociedades divididas en clases sociales o antagónicas, el pueblo siempre ha sido una fuerza determinante y con la capacidad necesaria para modificar las condiciones existentes. Los primeros que se dieron cuenta de ello fueron los miembros de ciertos sectores dominantes, por ejemplo, la burguesía europea en su lucha contra la aristocracia feudal, en nuestro país los criollos que impulsaron la independencia de Nueva España y los caudillos de la Revolución Mexicana integrantes del Grupo Sonora; todos ellos utilizaron esa fuerza decisiva para cambiar o revolucionar la situación de ese momento, sin embargo, fue para satisfacer sus intereses individuales y de grupo.

El pueblo no ha sido plenamente consciente de esa capacidad que posee. Hay diferentes factores que lo han impedido. Uno de ellos, el más generalizado, ha sido la difusión de la ideología burguesa, del individualismo y la mezquindad, del poseer para ser alguien en la vida, que, al promover el enriquecimiento personal y a costa de lo que sea, ha intentado eliminar lo humano en las personas.

Contribuyen también, a impedir el pleno reconocimiento de su potencial como elemento revolucionario, la distinta forma en que los grupos oprimidos sufren la explotación, algunos de ellos, de forma cruda y directa como los obreros y otros un poco más oculta, como los campesinos y los empleados, o sea, el proletariado comercial. En ellos hay una mayor o menor facilidad para darse cuenta de cuál es la verdadera solución de sus problemas y para decidirse a luchar en forma consecuente para lograr resolverlos definitivamente.

Sin embargo, el mismo desarrollo del capitalismo ofrece las bases para que, en un determinado momento, el pueblo reconozca sus cualidades y su potencial como fuerza decisiva. Con la introducción e incremento de la producción tecnificada, es decir, con la ayuda de máquinas cada vez más sofisticadas, la burguesía está obliga a ofrecer cierta instrucción, básica o elemental para la mayoría y, especializada, para una parte del pueblo, los que formarán en el futuro los cuadros especializados y que pueden ser de gran ayuda para sus hermanos de clase.

El crecimiento numérico de la clase obrera, por la desaparición gradual de los pequeños propietarios, sin posibilidades de resistir y salir victoriosos de la competencia frente a los grandes empresarios, por el empobrecimiento paulatino de todos los trabajadores ocasionada por la concentración de la riqueza, por la opresión política que se vive al negar, en los hechos, el derecho de las masas populares a opinar en los asuntos que le competen, a elegir a sus verdaderos representantes, a expresar sus necesidades y ser atendidos adecuadamente y a organizarse en la manera que a ellos convenga, también contribuyen a fortalecer las bases para la toma de conciencia.

No se puede dejar de lado, que el mismo desarrollo del capitalismo concentra la fuerza de los trabajadores con el crecimiento de las ciudades y colonias populares. Un ejemplo de ello es la ampliación que ha tenido en estos años la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM) que ahora está conformada por 84 municipios y en donde viven 23 millones de personas, buena parte de ellas, trabajadores. Esta misma concentración necesaria para el funcionamiento de las empresas y la extracción de plusvalía, posibilita la coordinación y la disminución de tiempos para la actuación de la clase trabajadora.

Las bases materiales para la toma de conciencia se fortalecen, en algunos lugares más que en otros, sin embargo, por sí mismas no permiten que el pueblo desarrolle ese reconocimiento de su potencial y que la clase proletaria identifique su tarea principal.

Hace falta que sobre esas bases se desarrolle el proceso de educación política, que facilite la identificación de la causa principal de la pobreza en que vive la mayoría del pueblo y que lo lleve a reconocer la necesidad de la organización de todos los trabajadores en un partido y, de la misma manera, lo impulse a actuar, es decir a participar decididamente en la solución de sus problemas y en la defensa de sus intereses.

Sólo la organización política del pueblo y, en particular, del proletariado, será capaz de señalar las verdaderas causas de la explotación del sistema capitalista y sólo en su seno puede gestarse un programa de acción que permita realizar los intereses de la clase obrera y del pueblo en general.

Ese es el llamado que hace el Movimiento Antorchista Nacional al pueblo de México. La solución definitiva a los problemas de los trabajadores depende de que el pueblo sea consciente de sus intereses y de su potencial como fuerza de cambio, de su educación política para no extraviarse en la lucha revolucionaria, de su grado de organización y de la decisión a luchar para construir una patria nueva.

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