Entre magueyes, identidad y ley: la resistencia viva de los pueblos originarios

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En el corazón del Congreso del Estado de México, mientras se presentaba el libro “Bebidas rituales de los pueblos originarios”, no solo se hablaba de bebidas: se hablaba de historia, de identidad y de resistencia. Afuera del recinto legislativo, en comunidades como las de Tlaxcala, esas tradiciones siguen vivas, aunque cada vez más amenazadas.
El pulque, por ejemplo, no es solo una bebida. Es un ritual que comienza en la tierra, con el maguey, y en muchos casos, con la vida misma. Hay familias que aún recuerdan cómo el cordón umbilical de los recién nacidos se enterraba junto a la planta, como una forma de sellar el vínculo entre la persona y la naturaleza. Crecer, entonces, era también echar raíces.
Los tlachiqueros, guardianes de este conocimiento, siguen levantándose al amanecer o esperando el atardecer para extraer el aguamiel. Evitan el sol, porque dicen que “blanquea” el líquido y lo echa a perder. Antes de cada extracción, algunos aún piden permiso al maguey. No es un gesto simbólico: es una forma de respeto.
Sin embargo, estas prácticas, cargadas de significado, enfrentan un futuro incierto. Cada vez son menos quienes conocen el oficio y menos aún quienes desean aprenderlo. El pulque ha sido desplazado por bebidas industrializadas y su consumo se reduce, muchas veces, al ámbito comunitario.
Es en este contexto donde cobra sentido lo dicho recientemente en el Congreso mexiquense. La diputada Leticia Mejía no solo habló de leyes, sino de orgullo. “Ser indígena es un privilegio”, afirmó, al tiempo que destacó avances como el reconocimiento de nuevas comunidades indígenas y los esfuerzos por armonizar la legislación para garantizar sus derechos.
Pero más allá del discurso, el reto es profundo. La armonización de leyes, las consultas y los catálogos oficiales son pasos importantes, sí, pero la verdadera batalla ocurre en el día a día: en los campos de maguey, en las manos de los productores, en la memoria de quienes aún conservan estos saberes.
La presentación de un libro sobre bebidas rituales en un espacio legislativo no es un hecho menor. Es el reflejo de una realidad: que la cultura, la tradición y los derechos indígenas deben ir de la mano.
Porque mientras haya quien cuide un maguey, quien bendiga el aguamiel o quien recuerde que el pulque no solo se bebe, sino que se hereda, la raíz seguirá viva. Aunque el tiempo, y el olvido, intenten arrancarla.

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