Manuel Serrano Vallejo, símbolo de la lucha de los trabajadores
Marcos EspinosEste 2026 se cumplen 13 años del secuestro y posterior asesinato de don Manuel Serrano Vallejo. Un hombre mayor que vivía de vender periódicos y revistas en Tultitlán. Un hombre humilde, al que muchos antorchistas personalmente no conocimos y, sin embargo, desde el primer momento su mirada, su semblante, su imagen, pero, sobre todo, lo que representó, se convirtió en un símbolo que todos hicimos nuestro.
Recuerdo aquel 6 de octubre de 2013. Parecía un día normal, ordinario, como cualquier otro día de trabajo. El gobierno de Ixtapaluca apenas había iniciado en enero. La maestra Maricela Serrano Hernández había tomado posesión de la presidencia municipal y el municipio estaba transformándose. No había día en que no fuéramos a tres o cuatro eventos para dar el banderazo de inicio de una obra o para inaugurar alguna que ya estaba terminada. Pavimentos, drenajes, canales encofrados, techumbres, parques deportivos, escuelas y un programa que para muchos jóvenes significó una oportunidad enorme: el transporte universitario que los llevaba hasta las puertas de las universidades públicas más importantes del país, entre muchos otros. Ixtapaluca estaba dejando de ser lo que era, un territorio polvoriento y rezagado por décadas de gobiernos corruptos, como el de Armando Corona y Mario Moreno, ex alcaldes de este municipio.
Pero el gobierno Antorchista no inició en condiciones sencillas. La elección de 2012 fue una batalla épica. La organización encabezada por la maestra Maricela no se había enfrentado solamente a un partido político (la elección fue contra el PAN): había enfrentado leyes, recursos, policías, calumnias y amenazas. Y cuando finalmente ganó la presidencia municipal, parecía que aquella lucha había terminado. Sin embargo, en realidad, iniciaba otra batalla, esta vez más violenta.
En septiembre de 2012, el miedo recorrió el oriente del Estado de México con una consigna: “ahí vienen los antorchistas”. Comercios cerrados, personas regresando a sus casas, niños saliendo de las escuelas, patrullas con las sirenas encendidas y altavoces llamando a la población a refugiarse. Y al final, nada. No pasó nada. Fue una propagación de rumores llevada al extremo por el gobierno estatal, una campaña de miedo que, como tantas otras cosas, buscaba presentar a los antorchistas como una amenaza.
Después vendrían los espectaculares. Como hongos después de la lluvia aparecieron decenas de anuncios para calumniar a nuestros dirigentes, Maricela Serrano y a Jesús Tolentino Román. El maestro Aquiles Córdova Morán escribió entonces que la intensidad de aquella guerra de espectaculares, sus enormes costos y hasta la protección de cuerpos de seguridad fue una “guerra de liquidación” contra Antorcha. Eso querían: liquidarnos, desaparecernos, acabar con nosotros ya no solo en lo político, sino también en lo físico.
Y entonces llegó el 6 de octubre. Don Manuel salió de su casa, tomó sus cosas y se dirigió a su puesto de periódicos y revistas. Aunque decir “puesto” quizá sea demasiado. En realidad, era una tijera que abría todos los días. No era un local, ni un puesto ostentoso. Ese 6 de octubre quedó abierta, con la cadena recargada, el candado abierto, al momento que Manuel Serrano desapareció para siempre.
No quedó evidencia en ninguna cámara de videovigilancia, a pesar de que había varias en la zona. Después vinieron las vallas humanas, los carteles, los millones de volantes difundidos por todo el país. Todo para exigir que don Manuel regresara con vida, sano y salvo. Nunca volvió, nunca nos lo regresaron.
Casi un año después, en septiembre de 2014, la PGR anunció la detención de varios integrantes de una banda de secuestradores vinculada con el caso. El operativo se realizó el 4 de septiembre y uno de los presuntos integrantes murió, sospechosamente, después de ser detenido. (La Jornada, septiembre de 2014).
Pero para nosotros aquello no podía significar el final. Eran los autores materiales. La exigencia era que la justicia llegará a quienes estuvieron detrás del crimen. Había nombres y apellidos. Se sabía dónde estaban los señalados, sin embargo, la justicia no llegó a la tierra.
Y entonces, ¿qué fue de Manuel Serrano? Durante muchos años dijimos que Manuel era un símbolo de progreso. Era el impulso que nos hacía seguir adelante para sacar a Ixtapaluca del rezago, para construir más instalaciones, para lograr que hubiera agua, luz y drenaje en las colonias. El rezago era de décadas y no podía solucionarse en nueve años. Y, sin embargo, avanzamos. Avanzamos hasta construir cosas que muchas colonias jamás imaginaron tener: albercas semiolímpicas, espacios deportivos dignos, escuelas con techumbres, calles pavimentadas, drenajes y obras que cambiaron la vida cotidiana de miles de familias. No eran simples demandas inmediatas, fue un cambio de fondo en la vida de miles de ixtapaluquenses. Ese era Manuel Serrano.
Pero hoy, 13 años después de su desaparición, Manuel se ha metamorfoseado. Ya no son solamente edificios. Ya no son paredes. Ya no son pavimentos, drenajes, techumbres, deportivos ni escuelas. Manuel Serrano ha trascendido. Se ha convertido en un símbolo no solo de las obras materiales, sino de la lucha de los pueblos, de los trabajadores. De un pueblo digno que jamás se ha dado por vencido. De una antorcha que no se apaga. De un gigante que no se ha dormido, sino que continúa persiguiendo los objetivos que se fijó hace ya más de cuatro décadas.
Manuel Serrano es el hombre trabajador, el hombre humilde que mantuvo a su familia sobre la base de su esfuerzo personal, de su esfuerzo físico, como hay millones de mexicanos que se levantan todos los días y trabajan para sacar adelante a su familia. Pero Manuel Serrano no es solamente ese hombre. Manuel Serrano es todos los hombres trabajadores.
Por eso hoy, 13 años después, podemos decir que Manuel Serrano Vallejo es inmortal.
Está en los ojos del pueblo, del obrero, en el semblante del campesino, en las manos de los comerciantes, en la fuerza de los trabajadores y, sobre todo, en el fuego de los ideales, en la lucha por un país mejor. Ese fue el doloroso precio que se tuvo que pagar.
Y lo único que nos queda por hacer es seguir hacia adelante. Siempre adelante para honrar en los hechos su memoria.
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