El hombre como mercancía

Gabriel Hernández GarcíEn la esclavitud clásica, los hombres eran sometidos, por la fuerza o por la vía del endeudamiento impagable. Llegado a esta situación, el hombre ya no era considerado como un ser humano, y se le daba el trato que se le da a un objeto, o a un animal; pudiendo usarlo, maltratarlo o venderlo como así conviniera a su propietario. Este, al ser su dueño, podía obligarlo a trabajar bajo condiciones infrahumanas, en jornadas agotadoras, con instrumentos de trabajos toscos y primitivos y, en la labor que realizaba, estaba expuesto a todo tipo de peligro y enfermedades.
Así vivieron y murieron millones de seres humanos, en Grecia, Roma y en muchas partes del mundo; luego, como una repetición cruel y despiadada, la historia se volvió a presentar en el continente americano, principalmente en Brasil y el sur de Estados Unidos, hasta que, legalmente, fue abolida en el país del norte el 6 de abril de 1865. Esto quiere decir que, después de estas fechas muchos hombres siguieron siendo tratados como esclavos.
Habría que decir que esta forma masiva de esclavitud condenó a millones de seres humanos a ser considerados y tratados como instrumentos, como bestias y quienes más sufrieron esta tragedia fue la población negra, procedente de África, respecto a los cuales, los cálculos más conservadores hablan de 12.5 millones de seres humanos capturados y trasladados América para se convertidos en esclavos.
Esta forma de abuso y explotación es considerada, como la más abusiva, brutal y vergonzosa que ha conocido la humanidad.
En la actualidad, el esclavismo, con esas características ha desaparecido (aunque se presenten casos aislados) pero ahora se desarrolla una nueva y más sofisticada forma de explotar al hombre.
Ahora no se compra y se vende al individuo en mercados públicos, pues este acude voluntariamente a trabajar a los grandes centros industriales; no es obligado físicamente a trabajar, pero tiene que hacerlo obligado por la necesidad de satisfacer sus necesidades más elementales: alimentación, vestido, vivienda y salud; si no trabaja para alquilar o comprar una vivienda tiene que vivir en la calle, bajo un puente, en alcantarillas, parques etc. O bien se muere de hambre o enfermedad.
El no querer trabajar no es una opción. La actividad laboral es, simple y sencillamente, una imperiosa y absoluta necesidad. En estas condiciones subsisten los esclavos modernos.
Pero también existen otras formas, más finas, más sutiles y menos visibles en las que el hombre se convierte en mercancía.
Se da el caso de jóvenes talentosos para el arte, por ejemplo, la música y el canto, muchos de ellos nacidos de humildes familias y desarrollados, hasta cierta edad, en el seno de colonias populares o en localidades campesinas. Algunos de ellos, por circunstancias extraordinarias, son detectados y luego cooptados por algún personaje poderoso o propietario de un medio de comunicación, el cual, en cuanto puede, lo proyecta y promociona para convertirlo en una mercancía que le pueda dar ganancias, pero, a la vez que lo hace, se convierte en su representante y, a partir de ese momento adquiere el derecho de manejar y controlar toda la actividad de su representado y lo presenta en aquellos foros en los que se pueden obtener ganancias.
El mérito, el talento, la capacidad, es del individuo, pero las ganancias que genera no; estas, en su mayor proporción se las queda su representante y promotor. Lo mismo puede decirse de muchos boxeadores y luchadores, los cuales, a pesar de propiciar grandes y fabulosas ganancias, estas no son para ellos y muchos de ellos terminan en verdaderos indigentes.
En el caso del futbol, básquet, béisbol y otros deportes de conjunto la situación es similar, jóvenes de extracción humilde que por su persistencia, disciplina y talento pasan del futbol llanero a clubes de renombre, hasta llegar a la segunda y primera división son contratados por equipos y empresarios de más alto nivel y a partir de ese momento pasan a “pertenecer” al club o empresario que los detectó y apoyó. De esa manera, estos deportistas ya no viven donde quieren sino donde al empresario o club lo decide, tienen relaciones personales o con los medios de comunicación que a la empresa le conviene y son usados en el tiempo, forma y circunstancias que más necesita al empresario contratante y por el tiempo que este decide.
De esta forma el individuo talentoso, en el arte o en el deporte deja de pertenecerse a sí mismo y pasa depender de la necesidad gusto o conveniencia de su dueño o patrón que lo utilizará durante el tiempo que a él le reditúe ganancias, para después desecharlo cuando ya no le sea funcional.
El deportista es “esclavo” del patrón o empresa que lo tiene contratado y, además, del dinero que le pagan pues este fetiche enajenante lo obliga a vender su capacidad mientras la posee. Con ese recurso económico puede adquirir muchas de las cosas que necesita y desea y no puede renunciar a su contrato porque la ley lo obliga y porque la necesidad de dinero lo mantiene atado.

