No borrarán su ejemplo
“Los que mueren por la vida, no pueden llamarse muertos”
Alí Primera
Francisco Figueroa
La delgada y diáfana voz de una mujer menuda partió en dos la mañana de este domingo 26 de agosto: “¡Han pasado 26 años de aquel fatídico día del año 2000, pero la memoria sigue viva! Nos reunimos para honrar a hombres y mujeres humildes, héroes civiles que ofrendaron su vida por el progreso de Chimalhuacán. ¡No murieron en vano!
Una plaza ya repleta a esta hora del día hacía eco de esta voz. En realidad, nunca estuvo vacía. Desde ayer, el ir y venir de los responsables de los preparativos, el trazado, la medición constante, la planeación para la ubicación de los diferentes sectores previstos para asistir, la colocación del sombreado, que, aunque el día fue solidario, nadie lo sabía y no está demás tenerlo en cuenta; en fin, no faltaron, al momento de iniciar el homenaje, los oídos receptivos y las ávidas pupilas expectantes.
“El 18 de agosto del año 2000, cientos de Chimalhuacanos acudíamos con alegría a la Plaza Zaragoza a festejar el triunfo legítimo y democrático de nuestro compañero Jesús Tolentino Román Bojórquez, como presidente municipal” relató la sonora palabra de Tristán, dualidad dialéctica de quien rompió el silencio en esta sagrada plaza.
¡Que vivan los mártires antorchistas!, se escuchó de entre la multitud. Y miles de voces atronaron estentóreamente al unísono, como un titánico responsorio: ¡que vivan!
“Chimalhuacán era entonces el basurero más grande de México, el municipio más marginado; sin agua, luz, pavimento y sin escuelas. Antorcha había despertado al pueblo y el pueblo había decidido cambiar su destino. Pero Guadalupe Buendía Torres, La Loba, cacique del municipio, no quiso abandonar el poder. Se resistió a aceptar la voluntad popular y lanzó a sus pistoleros contra gente indefensa, contra familias enteras”, continuaba evocando la pareja de voces bajo un cielo que hoy ordenó al sol no hacer daño.
Ordenadas hileras vivientes impulsaban oleadas de banderas rojas y blancas como proyectando las voces que sostenían una y otra vez: ¡por todos los caídos, nosotros estamos de pie! Los puños levantados, desafiantes, daban vida y sentido a la protesta por un crimen que privó al pueblo de diez de sus mejores hijos.
“El saldo fue brutal: diez compañeros asesinados y más de noventa heridos de bala. Ese día el cacicazgo creyó que nos mataba. ¡Nunca entendió que nos hacía eternos!”
La alegría arropó el homenaje a través de los gráciles y coordinados movimientos de los alumnos de la escuela secundaria Sor Juana Inés de la Cruz, quienes dieron vida a varias danzas del Estado de Veracruz, y en las voces de Jeni Sánchez, Diana Benigno y Dayra Colín que, en las piezas musicales A los cuatro vientos, Toro relajao y Los laureles; ofrecieron su humilde contribución para honrar la sangre y la memoria de los caídos.
“A partir de esa sangre, Chimalhuacán dejó de ser un basurero para convertirse en ejemplo nacional de progreso: agua potable, drenaje, pavimento, escuelas de nivel básico, ocho universidades, deportivos, teatros, albercas; ¡todo lo que hoy tenemos nació de su sacrificio!”
Eso lo saben bien la mayoría de los presentes y también saben que, desde hace seis años, los logros y avance obtenidos por el sacrificio de los diez caídos, van quedando en el olvido y los niveles de vida y bienestar en el municipio retroceden, porque quienes intentaron impedir el primer gobierno antorchista, regresaron vestidos con un color diferente, hoy tienen en sus manos el poder y al pueblo sólo en los labios, en los discursos demagógicos, pero no son ajenos a sus necesidades.
Es el momento justo en que se escucha un compromiso de lucha y una sentencia que habrá de cumplirse algún día: “Que este acto sea para refrendar nuestra obligación política y moral: seguir organizando, educando y guiando al pueblo pobre de México hacia un país más justo, como ellos lo soñaron. ¡Si el pueblo de Chimalhuacán pudo levantarse de la miseria, el pueblo de México puede levantarse también de la pobreza!”, gritó la dualidad sonora.
Un silencio digno de un homenaje como este se hizo presente, invadió la plaza para dejar escuchar la palabra del presidente del Comité Estatal del Movimiento Antorchista en Estado de México, Abel Pérez Zamorano; se detuvo el ondear de las banderas y la quietud de los presentes, como tierra fértil dispuesta a recibir la simiente revolucionaria, atendió con admirable paciencia:
“Compañeros antorchistas, nos hemos convocado para recordar a nuestros hermanos caídos en la lucha, a los que murieron por todos nosotros, por el pueblo de Chimalhuacán, por todos los pobres de México, porque la lucha de Chimalhuacán no es un caso aislado; forma parte de toda la lucha de los pobres de nuestro país por su liberación y por ello, murieron nuestros queridos hermanos.
Y estamos aquí para honrar su memoria, porque es de hombres y mujeres agradecidos, el recordar a quienes nos han hecho el bien, y nosotros, que no somos ingratos, estamos aquí para decirle a nuestros compañeros: donde quiera que estén, aquí seguimos, en la lucha que ellos empezaron y porque su vida fue truncada, no pudieron concluir; bienvenidos todos, queridos compañeros”.
El orador, de palabra clara y firme, como es costumbre en la gente de bien, dirigió primero un sensible ofrecimiento a quienes también sufren, en la intimidad, la pérdida de su sangre, quienes cayeron por la vida, a los familiares de las diez víctimas:
“Familiares de nuestros compañeros: hay muertos que nunca mueren y los antorchistas caídos en Chimalhuacán, para traerle progreso a esta tierra y acabar con el cacicazgo feroz, criminal que controlaba la política, pagamos una cuota de sacrificio, y ustedes, familiares de nuestros compañeros, pagaron una cuota de dolor, de tristeza, de pérdida de seres queridos y por eso, antorcha tiene con ustedes una deuda de gratitud, de reconocimiento.
“Sangre fecunda que fertilizó la política de Chimalhuacán para crear una realidad nueva, mejor para todos los habitantes, eso les debemos a nuestros mártires y a sus familiares.
“Queremos preservar a quienes hemos perdido. Aquellos que han muerto haciendo cosas grandes, socialmente útiles, permanecen. Siguen existiendo en la obra que ellos ayudaron a crear, en cada toma de agua potable, en cada calle pavimentada, en cada escuela, espacio deportivo, vialidad con transporte, hospitales y unidades médicas; ahí están presentes. Siguen vivos en la memoria de quienes los quisieron, los valoran y los respetan, todos ellos siguen vivos en la memoria de todos nosotros, nadie morirá absolutamente mientras permanezca en la memoria de los otros seres humanos que los conocieron y los quisieron”.
La claridad de su mensaje borró toda duda e indecisión; la palabra, a ratos dolida por la pérdida, pero firme y desafiante, subversiva, clarificó la importancia que tienen para los vivos, aquellos que murieron luchando por un mundo mejor y señaló la tarea urgente para todos los presentes:
“Nuestros héroes permanecen vivos también cuando nos motivan y nos incitan a luchar, impulsándonos, dándonos ánimos todos los días gracias a su recuerdo, nos dan alegría, optimismo, confianza en el futuro; por lo tanto, en la lucha diaria de los antorchistas está la inspiración, la animación de nuestros compañeros; en Antorcha siguen vivos, morir por la patria es vivir, dijo Simón Bolivar, y nosotros decimos: morir por Antorcha, es vivir. No los olvidemos y honremos su memoria trabajando y luchando todos los días”.

